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El ciclista catalán alcanzó la plata en
mountain bike
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En Puigcerdá ya lo sabían.
Medio pueblo se reunió para ver a su vecino
enmarcado en una pantalla gigante. Esa imagen resume
los 26 años de José Antonio Hermida:
en bicicleta y con los Pirineos de fondo. Entre los
asistentes, seguro, había alguna de las señoras
que le recriminaban de crío por arañar
con su monopatín los bancos públicos.
Le recuerdan bien: extravertido, hiperactivo. Una
pulga. Y siempre cabrioleando con el patinete: su
deporte. Así fue hasta octavo de EGB, hasta
que llegó el regalo por aprobar todas la asignaturas.
En ese punto se le cruzó en la biografía
una bicicleta. Sigue sobre ella.
Y por el monte. A pescar, a jugar, a saltar. Tenía
que repartir su tremenda energía en algún
sitio. Y los Pirineos le parecían lo bastante
grandes. Aprendió a rodar sobre el quebradizo
suelo de la montaña. Un monitor de esquí
de la estación de La Molina, que le conocía
bien, le apuntó a una carrera de bicis. Se
presentó en bermudas y con un casco de hockey.
Hubo risas. Las cortó con una victoria. Estaba
predestinado. En Puigcerdá ya lo sabían:
Hermida es hijo de un albañil gallego que se
trasladó a la Cerdaña, que ayudó
a levantar el canal olímpico sobre el río
Segre. Olímpico. Claro.
La bicicleta le llegó por los estudios, y por
ella los dejó. Aprobó la selectividad,
pero tuvo que elegir. Cruce de caminos. Le habían
hecho una oferta para correr en Suiza. Era eso o iniciar
la carrera de geología, su otra vocación.
Fue ciclista. Como su amigos Llaneras o Torrent, otros
dos medallistas olímpicos en Atenas, con los
que hila las carreteras de Girona. Con ellos y con
Heras, el triatleta Raña o Flecha.
En su camino, Hermida se topó con Kim Forteza,
preparador físico. Adivino. El impulsor de
Carlos Moyà. Con Hermida lo tuvo fácil.
En 1996 fue campeón del mundo juvenil. Ahí,
en pleno éxito, giró la vida del ciclista.
El joven ciclista se dio cuenta de su valor. Cuatro
años después venció en la siguiente
escala: el mundial sub'23. El mejor de su generación.
Luego vinieron los campeonatos de Europa en años
pares (2000, 2002 y 2004) y el cuarto puesto en Sidney.
"Mi espina". Estuvo tentado por el Once
y el Coast para salir del monte y colocarse sobre
el asfalto, pero no se decidió. Le tiraba la
montaña. Y tenía que volver a los Juegos.
A Atenas. A ocupar otro puesto par: el segundo. De
plata, eso sí.
Antes de iniciar hoy la carrera era ya un ciclista
consolidado, respetado. Una referencia para sus rivales:
actual campeón de Europa. Y un privilegiado:
vive de su vocación, el mountain bike, que
le ha obligado a correr siempre en el extranjero.
En España es un ciclismo lateral, arrinconado.
De ahí su facilidad para los idiomas. De lo
otro, de sus tics, su manías -santiguarse antes
de cada carrera, dos veces si lo ve bien y tres si
lo ve oscuro- saben de sobra en Puigcerdá.
Ya no le tienen allí. Se fue a Llivia, un enclave
español en suelo francés, cuando se
casó con Sandra. Pero continúa cerca.
Allí, en su pueblo, siguen los bancos que un
día aplacaron el nervio de un niño nacido
para la montaña.
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